Relato de Joseph F. Smith
Guardado en: Relatos personales
En la primavera de 1848, mientras la Presidencia y todos los que podían, estaban saliendo de Winter Quarters para el Valle, mi madre hizo un intento de ir también. Durante el otoño e invierno ella había hecho dos viajes hasta Misuri para comprar provisiones y negociar por “necesidades” de la familia, que sumaban por todos, cerca de once.
Una vez la acompañé, junto con mi tío Joseph Fielding, oportunidad en que fuimos a St. Joseph, Misuri, y compramos maíz y lo sembramos en Savannah, y en nuestro camino a casa acampamos en el borde de un bosque, en el vecindario de una gran manada de ganado que estaban llevando al mercado. En la mañana nuestro yugo de ganado se había ido. Mi tío y yo los buscamos por todas partes y no pudimos encontrar a nuestros bueyes. Esto dividió nuestro equipo así que no pudimos viajar e íbamos a estar en la necesidad de comprar o negociar de alguna manera por otro yugo antes de que pudiéramos avanzar.
Pero después de una corta demora, y mamá había ordenado después del desayuno, ella empezó a salir para buscar al ganado. Mi tío pensaba que no tenía sentido que ella fuera. Confieso que también pensaba igual, pero tenía más fe en que ella los encontraría, si se podían encontrar, de la que tenía en que yo o mi tío los pudiéramos encontrar. Mientras mamá estaba caminando por el pastizal, uno de los arrieros cabalgó hacia ella y le dijo que él había visto su ganado en la dirección opuesta a donde ella estaba yendo. Es extraño decirlo pero ella continuó, haciendo caso omiso a lo que él le había dicho. Él lo repitió, pero no continuó sin prestarle atención como si ella estuviera en el “angosto y estrecho sendero”. Repentinamente, ella llegó a una pequeña quebrada llena de sauces altos y en un punto denso de grandes sauces ella encontró los bueyes donde ellos habían sido atados durante la noche por los arrieros con la intención de robarlos y llevarlos al mercado, porque ellos estaban en buena condición. Después de que encontramos el ganado, estos dignos arrieros repentinamente desaparecieron, tal vez en busca de honestidad, lo cual confío que encontraron.
Avanzamos sin novedad hasta que llegamos a un punto cerca de mitad de camino entre los Ríos Platte y Sweetwater. Uno de nuestros mejores bueyes cayó del yugo como si estuviera envenenado, y todos suponíamos que iba a morir. El Capitán Lott ahora se quejaba a toda voz de esto, como si el mundo se fuera a terminar. “Allí”, decía él, “les dice que tendríamos que ayudarla y que usted sería una carga para la compañía”. Pero en esto él estaba equivocado, porque después de orar por el buey y derramar aceite sobre él, él se levantó y continuamos, deteniendo la compañía solo por un corto tiempo.
No habíamos avanzado mucho cuando otro cayó como el primero. Pero con el mismo tratamiento él se levantó como el otro. Creo que esto se repitió por tercera vez, ante el asombro de todos los que vieron y ante el disgusto del Capitán Lott.
Los nombres de mis líderes de equipo eran Thom y Joe––los criamos desde terneros, y ambos eran blancos. Thom era de contextura esbelta, activo, joven y más inteligente que muchos hombres. Muchas veces mientras viajábamos por caminos arenosos o difíciles, ellos estaban sedientos y mis bueyes estaban bramando con el calor y la fatiga. Ponía mis brazos alrededor del cuello de Thom y lloraba! Eso era todo lo que podía hacer. Thom fue mejor y más voluntarioso y obediente sirviente y amigo. ¡Él era escogido!
Relato citado de Yo caminé a Sión por Susan Arrignton Madsen. 1994. Págs.. 36-37
Joseph F. Smith llegó a ser el sexto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

