Ephraim Hanks
Guardado en: Relatos personales
Ephraim Hanks era un hombre de renombre por sus habilidades en las llanuras. Él cruzó la frontera casi 60 veces durante su vida. Cuando escuchó que los Santos de las compañías de carros de mano se quedaron varados en el crudo invierno, él respondió la llamada inmediatamente, saliendo antes que los otros estén listos para salir de Lago Salado. Él estaba lejos de Lago Salado la noche anterior antes que Brigham Young hiciera el llamado para pedir ayuda, pero relata su experiencia en sus propias palabras de la manera cómo supo de la situación y lo que hizo para ayudar.
Viernes, 24 de Octubre de 1856, Draper, Utah
En el otoño de 1856, la mayor parte de mi tiempo la pasaba pescando en el Lago Utah; y al viajar de ida y vuelta entre ese lago y la Ciudad de Lago Salado, de vez en cuando tenía que pasar toda la noche con Gurnsey Brown, en Draper, aproximadamente a 19 millas (31 kilómetros) del sur de la Ciudad de Lago Salado. Dado que estaba un poco cansado después del viaje de ese día, me retiré a descansar bastante temprano, y mientras estaba echado en mi cama aún muy despierto, escuché una voz llamándome por mi nombre y me decía: “Las personas de las carros de mano están en problemas y te necesitan; ¿irás a rescatarlos? Volteé instintivamente en la dirección de donde venía la voz y vi a un hombre de tamaño normal en el cuarto. Sin dudarlo respondí: “Sí, iré si me llaman”. Luego me di media vuelta para dormir, pero había estado echado apenas unos minutos cuando la voz me llamó una segunda vez, repitiendo casi las mismas palabras que en la primera ocasión. Mi respuesta fue la misma de antes. Esto sucedió una tercera vez. Cuando me levanté al día siguiente, le dije al Hermano Brown: “Las personas de los carros de mano están en peligro y he prometido que iría y los ayudaría”, pero no le conté lo que me pasó durante la noche. En ese momento me di prisa para ir a la Ciudad de Lago Salado.
Domingo, 26 de Octubre de 1856, Ciudad de Lago Salado, Tabernáculo
Yo… llegué a la Ciudad de Lago Salado el sábado anterior al domingo en el que se había llamado a voluntarios para ir y ayudar a las últimas compañías de carros de mano. Cuando algunos de los hermanos respondieron explicando que podían estar listos para empezar en los próximos días, les dije de inmediato: “¡Yo estoy listo ahora!” Al día siguiente retomé el camino hacia el este por las montañas con un carruaje ligero y completamente solo.
Noviembre de 1856, desde South Pass hasta Cottonwood Creek
La increíble tormenta que causó tanto sufrimiento y pérdida para los inmigrantes, me sorprendió cerca del South Pass, donde me detuve cerca de tres días con Redick N. Allred, quién había venido con provisiones para los inmigrantes. En estos tres días la tormenta estuvo simplemente terrible. De todos mis viajes en las Montañas Rocosas tanto de ida como de regreso, nunca había visto algo peor. Cuando finalmente dejó de nevar, la capa que había sobre el suelo era tan profunda que por muchos días fue imposible trasladar los carruajes por ese sitio.
Estando profundamente preocupado por la posible suerte de los inmigrantes, y sintiéndome ansioso por saber su condición, decidí partir a caballo para encontrarlos; para este propósito aseguré una albarda y dos animales (uno para montar y otro para llevar los paquetes), desde que estuve en casa del Hermano Allred, empecé mi camino lento y solo a través de la nieve. Luego de haber viajado por un buen tiempo me encontré con Joseph A. Young y a uno de los chicos Garr, dos de la compañía de socorro que habían sido enviados desde la Ciudad de Lago Salado para ayudar a las compañías. Ellos se habían reunido con los inmigrantes y en ese momento estaban regresando con importantes noticias desde los campamentos a la sede central de la Iglesia, informando la terrible condición de las compañías.
Mientras tanto, continué con mi solitario viaje, y la noche después de encontrarme con los Élderes Young y Garr, acampé en la nieve en las montañas. Ahí, mientras preparaba una cama para dormir con las pocas cosas que traía mi animal de carga, pensaba en lo agradable que sería una piel de búfalo en ese momento, y en cómo me gustaría saborear una carne de búfalo como cena; y antes de acostarme por esa noche, fui inducido instintivamente a pedir al Señor que me enviara un búfalo. Ahora, soy un firme creyente en la eficacia de la oración, porque en diferentes ocasiones pedí al Señor que me bendijera, y Él en Su misericordia me lo concedió. Sin embargo, luego de haber orado como lo hice esa noche solitaria en South Pass, miré a mí alrededor y vi un búfalo a cincuenta metros de mi campamento, mi sorpresa fue total; no esperaba una respuesta tan inmediata a mi oración. No obstante, me recuperé inmediatamente y no supe qué hacer. Siendo deliberadamente un objetivo del animal, mi primer tiro lo tumbó; dio unos cuantos saltos, y luego rodó en el mismo centro de donde acampaba. Pronto estuve muy ocupado despellejando mi caza, y al terminar, tendí la piel en la nieve y coloqué mi cama encima. Luego preparé la cena, y estuve comiendo lengua y otras partes del animal que había matado, hasta saciarme. Después de esto disfruté de un sueño reparador, mientras mis caballos se alimentaban con las artemisias.
Temprano al día siguiente estuve nuevamente en camino, y rápidamente llegué a lo que se conoce como Ice Springs Bench. Ahí me encontré con una manada de búfalos, y cacé a una hermosa vaca. Estuve impresionado de hacer esto, aunque no sabía la razón hasta poco después, pero luego se me vino a la mente que la mano del Señor estaba en esto, ya que era extraño encontrar una manada de búfalos cerca de ese lugar en esa temporada. Lo despellejé y lo sazoné; luego trocé la carne en tiras largas y los cargué en mis caballos. Inmediatamente después continué mi viaje, y viajé hasta la noche. Me pareció que el sol estaba alrededor de una hora antes de ponerse al oeste, cuando vi en la distancia algo como una raya negra en la nieve. Mientras me acercaba, noté que se movía; luego me entusiasmé al saber que lo que se veía a lo lejos era la compañía de los carros de mano, dirigida por el Capitán Edward Martin. Alcancé al desafortunado tren justo en el momento en que los inmigrantes se preparaban para acampar toda la noche. Nunca podré borrar de mi memoria la escena que llenó mi vista mientras entraba a su campamento. El semblante marcado por el cansancio, el dolor y el hambre de las pobres personas que sufrían, mientras se desplazaban lentamente, tiritando de frio, para preparar la poca comida de la noche era suficiente para tocar la el corazón del más valiente. Cuando me vieron llegar, me saludaron con una alegría inexplicable, y cuando vieron el suministro de carne fresca que llevaba para el campamento, su gratitud no tenía límites. Mientras se me acercaban, uno decía: “Por favor, dame un pequeño pedazo de carne”; otro decía: “Mis pobres hijas están hambrientas, dame un poco”; un niño con lágrimas en los ojos gritaba: “Dame un poco, dame un poco”. Al inicio trataba de atenderlos y repartía la carne a medida que me la pedían, pero finalmente les dije que ellos mismos se sirvieran. Cinco minutos después mis dos caballos habían sido relevados de su carga—toda la carne se había terminado, y en las próximas horas las personas del campamento estaban ocupadas tratando de cocinar y comer, con corazones agradecidos.
Uno de los hermanos había profetizado que la compañía se alimentaría con carne de búfalo cuando se terminaran las provisiones; mi llegada al campamento cargado de carne, fue el inicio del cumplimiento de esa predicción; pero solamente el comienzo, para ellos mientras seguíamos el viaje.
Cuando entré al campamento por primera vez, mi corazón quería fundirse conmigo al ver las terribles condiciones en que se encontraban los inmigrantes. Me repuse de mi tristeza y traté de decirles palabras alentadoras y reconfortantes. Además, les dije que todos ellos deberían tener el privilegio de entrar a la Ciudad de Lago Salado, ya que estaban viviendo más grupos.
Luego que obscureció, la noche de mi llegada al campamento de carros de mano, una mujer pasó por la fogata del campamento, donde me encontraba sentado, llorando en voz alta. Preguntándome qué era lo que pasaba, mi impulso natural me llevó a seguirla. Ella fue directamente al carruaje de Daniel Tyler, donde contó la desgarradora historia de que su esposo estaba al borde de la muerte, y en tonos suplicantes ella le pedía al Élder Tyler que fuera y le diera una bendición. Este buen hermano, cansado y fatigado como estaba, luego de haber jalado carros de mano todo el día, se había retirado por esa noche, y estaba un poco reacio para levantarse; pero antes este sincero pedido, se levantó inmediatamente, y ambos seguimos a la tienda a la mujer a la tienda, en la que encontramos a la figura aparentemente sin vida de su esposo. Al verlo, el Élder Tyler dijo: “No puedo bendecir a un hombre muerto”. El Hermano Tyler me pidió que me quedara y que tendiera al supuesto hermano muerto, mientras él regresaba a su carreta para buscar ese descanso que tanto necesitaba. De inmediato regresé a la fogata del campamento donde estaban varios hermanos sentados, y dirigiéndome a los élderes Grant, Kimball y a uno u otros dos, dije: “¿Hermanos, harán lo que les digo?” Ellos respondieron que sí. Entonces fuimos a trabajar y construimos una fogata cerca de la tienda que el élder Tyler y yo acabábamos de visitar. Luego calentamos un poco de agua, y lavamos de pies a cabeza al hombre moribundo llamado Blair. Luego lo ungí con aceite consagrado en todo su cuerpo, después de lo cual puse mis manos sobre él y le mandé en el nombre de Jesucristo que respire y viva. El efecto fue instantáneo, porque el hombre que tenía toda la apariencia de estar muerto, empezó a respirar inmediatamente, se sentó en su cama y empezó a cantar un himno. Su esposa quien no podía controlar sus sentimientos de alegría y agradecimiento corrió por el campamento exclamando: “Mi esposo estuvo muerto pero ahora está vivo, alabado sea el nombre del Dios. El hombre que trajo la carne de búfalo lo curó”.
Esta circunstancia causó una gran emoción general en todo el campamento y muchos de los espíritus tristes empezaron a tener nuevos bríos desde ese momento. Después de esto, dediqué la mayor parte de mi tiempo a atender a los enfermos. “Ven, ayúdame, por favor ayuda a mi esposa enferma, o a mi hija que se está muriendo”, eran algunos de los pedidos que me hicieron por aproximadamente una hora después de haberme encontrado con los emigrantes, y yo pasé días de una tienda a otra bendiciendo los enfermos. El Señor verdaderamente estuvo conmigo y con los siervos que trabajaron conmigo fielmente en ese día de prueba y sufrimiento. El resultado de todo eso, nuestra obra de amor ciertamente contribuyó al honor y gloria de un Dios compasivo y misericordioso. En cuestión de minutos cuando bendecíamos a los enfermos y reprendíamos las enfermedades en nombre del Señor Jesucristo, los enfermos se recuperaban de golpe: se curaban casi instantáneamente. Bendije a muchos todos los días y horas durante el viaje y muchas de las vidas se salvaron por el poder de Dios. . . .
Tengo poco que decir sobre los sufrimientos de la compañía del Capitán Martin antes que me uniera a ellos; pero habían pasado por pruebas terribles. Las mujeres y los niños más grandes ayudaron a los hombres a empujar los carros de mano, y al cruzar los arroyos congelados, tuvieron que romper el hielo con sus pies. Al vadear el Río Platte, el arroyo más grande que tuvieron que cruzar con el frío clima que reinaba, las prendas de los inmigrantes estaban congeladas y entumecidas en sus cuerpos antes que pudieran cambiarlas por otras.

