El final del viaje
Guardado en: Relatos personales
Los primeros Santos llegaron al valle de Lago Salado el 24 de Julio de 1847. El Presidente Brigham Young estaba en el grupo pero se enfermó al final del viaje, así que había estado en un vagón. El 24 de ese mes, el Presidente Young cabalgó junto con un pequeño grupo de hombres para investigar el país antes de que se declare el fin del viaje. Pasaron otros once años antes que las afligidas compañías de carros de mano llegaran al valle. Los Santos que emprendieron este viaje fueron puestos en el fuego del purificador. Ellos realizaron inmensos sacrificios para ayudar a construir y proteger su fe y el Reino de Dios en la tierra. No se olvida sus sacrificios.
Relato de Wilford Woodruff, 24 de Julio de 1847.
“Ese 24 conducía mi carruaje con el Presidente Young quién estuvo recostado en una cama dentro de éste, hacia el valle abierto, el resto de la compañía nos seguía. Cuando salimos del cañón y vimos el panorama completo del valle, di una vuelta completa a mi carruaje, abierto hacia el oeste, y el Presidente Young se levantó de su cama e investigó el campo. Mientras él observaba el paisaje frente a nosotros, fue envuelto en una visión por varios minutos. Él había visto el valle antes, en una visión, y en esa ocasión, él vio la futura gloria de Sión e Israel, como ellos estarían, establecidos en los valles de las montañas. Cuando la visión hubo pasado, él dijo: ‘Es suficiente. Este es el lugar correcto. Continúen’. Así que conduje hasta el campamento que ya sea había formado por aquellos que habían llegado delante de nosotros”.
Relato extraído del Diario del Viaje, Glazier y Clark, 1997, págs. 177-178.
Relato de un miembro de la antigua compañía de carros de mano.
Varios años después de que las compañías de carros de mano habían llegado a Lago Salado, un grupo de personas en la Ciudad de Cedar había escuchado hablar del desastre de las compañías de carros de mano quienes habían salido a finales de 1856. Esas personas criticaban a la Iglesia y a sus líderes por permitir que esas compañías empezaran tan tarde.
“Un viejo hombre en la esquina se sentó en silencio y escuchaba mientras podía soportarlo. Luego se levantó y dijo cosas que nadie pudo olvidar. Su rostro estaba blanca de la emoción, pero de todas maneras hablaba calmada y lentamente, pero con gran seriedad y sinceridad.
“En esencia dijo: ‘Les pido que dejen de criticar. Están hablando de un tema del que no tienen ningún conocimiento. Los fríos hechos históricos no tienen sentido aquí porque no dan una interpretación adecuada de lo que se cuestiona. ¿Es un error enviar a la compañía de carros de mano a finales de la temporada? Sí. Pero yo estuve en esa compañía y mi esposa estuvo allí, además de la Hermana Nellie Unthank a quién también ustedes mencionaron estuvo allí. Nosotros sufrimos más de lo que puedan imaginarse y muchas personas murieron de frío y de hambre, pero ¿alguna vez han escuchado a algún sobreviviente de esa compañía emitir una palabra de crítica? Nadie de esa compañía jamás abandonó o dejó la Iglesia porque cada uno de los que sobrevivimos tuvimos el conocimiento de que Dios vive, porque lo llegamos a conocer en nuestras situaciones extremas’.
“‘Yo he jalado mi carreta de mano cuando estaba tan débil y cansado por la enfermedad y la falta de comida que a las justas podía poner un pie delante del otro. Llegué a [un punto en el que pensé que nunca iba a lograrlo, tan sólo para sentir que] el carro de mano empezaba a empujarme a mí. Miré varias veces hacia atrás para ver quién era el que empujaba el carro de mano, pero mis ojos no veían a nadie. Entonces supe que los ángeles de Dios estaban ahí’”.
Extraído del manuscrito que tenía el Presidente Hinckley en 1997. Relato citado del Diario del Viaje, Glazier y Clark, 1997, págs. 187-188.
Comentarios del Presidente Gordon B. Hinckley en la Conferencia General de octubre de 1991, en cuanto a los sacrificios de los santos y la actual misión de la Iglesia
“Me gustaría recordarles a todos los que me puedan escuchar que el consuelo que tenemos, la paz que sentimos, y lo más importante, la fe y el conocimiento de las cosas de Dios que tenemos, fueron adquiridos a un terrible precio para los que se fueron antes que nosotros. El sacrificio siempre ha sido parte del evangelio de Jesucristo. El elemento supremo de nuestra fe es nuestra convicción de la existencia de Dios, el Padre de todos nosotros, y de su Hijo Amado, el Redentor del mundo. Es por la vida y el sacrificio del Redentor que estamos aquí. Es por el sacrificio de Su expiación que nosotros y todos los hijos e hijas de Dios participaremos de la salvación del Señor . . . .
“En nuestro desamparo, Él se convierte en nuestro Salvador, rescatándonos de la condenación y llevándonos, por el contrario, a la vida eterna. En tiempos de desesperación, en tiempos de soledad y temor, Él está ahí en el horizonte para traer socorro, consuelo, seguridad y fe. Él es nuestro Rey, nuestro Salvador, nuestro Mensajero, nuestro Señor y nuestro Dios.
“Aquellos que viven en las alturas, en las llanuras frías de Wyoming llegaron a conocerlo en su situación extrema como tal vez pocos llegan a conocerlo. Pero para cada alma en tribulación, cada hombre o mujer con necesidades, a aquellos que están en todas partes jalando cargas pesadas en las crudas tormentas de vida, Él ha dicho: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga’ (Mateo 11:28–30.)
“Ahora, estoy agradecido de que hoy nadie esté varado en las alturas de Wyoming. Pero sé que entre todos nosotros, existen muchas personas que necesitan ayuda y que necesitan ser rescatados. Nuestra misión en la vida, como seguidores del Señor Jesucristo, debe ser una misión de salvación. Hay personas que no tienen casa, no tienen comida y son indigentes, sus condiciones son obvias. Nosotros hemos hecho mucho pero podemos hacer más para ayudar a aquellos que viven al límite de la supervivencia. . . . En la actualidad, no es por las personas que viven en las llanuras altas de Wyoming que debemos preocuparnos, sino de las personas que nos rodean, nuestros familiares, en nuestro barrio y estacas, en nuestros vecindarios y comunidades. ‘Y el Señor llamó SIÓN a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos.’. (Moisés 7:18.) Si hemos de construir esa Sión de la que tanto han hablado los profetas y al cual Dios ha dado tan grande promesa, nosotros debemos dejar de lado el egoísmo que nos consume. Debemos incrementar nuestro amor, para dar consuelo y tranquilidad, y en el proceso de lucha y esfuerzo, incluso en nuestro momento más crítico, llegaremos a tener una mejor relación con nuestro Dios.
“No olvidemos que tenemos una magnífica herencia que nos dejaron personas muy grandes y valientes quienes soportaron un inimaginable sufrimiento y demostraron un increíble coraje por la causa que amaban. Ustedes y yo sabemos qué debemos hacer. Dios nos ayuda a hacerlo cuando se debe hacer”.
Relato citado del Diario del Viaje, Glazier y Clark, 1997, págs. 188-189.

