Doctrina mormona con respecto a los profetas
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La doctrina mormona establece el modelo de Dios de revelación: Profetas y Escritura
La doctrina mormona afirma la creencia en los profetas, tanto en los antiguos como en los modernos. Dios, según la doctrina mormona, desea hablar con los hombres y enseñarles Su verdad. El apóstol Pedro enseñó que “ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada. Porque la profecía nunca fue dada por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro1:20-21). La Biblia contiene un registro de las relaciones de Dios con los profetas en aquellos días y la escritura moderna contiene un registro de las relaciones de Dios con los profetas en tiempos modernos. Los mormones creen que los cielos no se cerraron luego del registro bíblico, y que Dios aún habla a Sus hijos en la actualidad, así como lo hizo en el pasado.
De acuerdo con la doctrina mormona, un profeta es más que alguien que solo dice el futuro. De hecho, un profeta cumple muchos roles. Según Apocalipsis, “el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” (Apocalipsis 19:10). Esto significa que cualquiera que tenga un testimonio de Jesús como Salvador y Redentor tiene el espíritu de profecía. El deber más importante de un profeta es enseñar y testificar de Jesucristo. Los profetas también reciben instrucción de Dios dirigida especialmente para las personas de ese tiempo. Por ejemplo, mediante Sus profetas, el Señor específicamente enumeró los pecados del pueblo de Jerusalén y les advirtió de su futura destrucción por parte del pueblo de Babilonia.
Pedro otra vez nos ayuda a entender la manera en que Dios enseña a Sus hijos. Dios escoge ciertas personas para ser testigos de Él y de Su verdad, pero especialmente de Jesucristo. Pedro dijo: “Nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén, a quien mataron, colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano” (Hechos 10:39-41). Dios no se revela a Sí mismo a cualquier persona, por el contrario escoge a “testigos” que llamamos profetas.
De acuerdo a Pedro, Jesucristo “mandó a [estos profetas/testigos] que predicásemos al pueblo y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de los vivos y de los muertos”. (Hechos 10:42). Mientras el pueblo escuche las palabras de los profetas, el Espíritu Santo confirma la verdad de este mensaje (ver Hechos 10:44). Una vez que el Espíritu Santo nos testifica que las palabras del profeta son verdaderas, los profetas nos invitan a seguir a Jesús al bautizarse y al seguir los mandamientos.
La doctrina mormona sostiene la creencia de que Dios siempre ha llamado a profetas. El profeta Amós escribió que “Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7). Pablo nos dice “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros; después los dones de sanidades; ayudas, administraciones y diversidades de lenguas”. (1 Corintios 12:28). La doctrina mormona expresa que los Apóstoles también son profetas, ya que enseñan acerca de Jesucristo según sus testimonios personales sobre Él. Los apóstoles son aquellos profetas que Dios coloca a la cabeza de su Iglesia. Ellos revelan la palabra de Dios. Así como las escrituras de los antiguos profetas llegaron a ser escrituras, las palabras de los profetas modernos llegan a ser escrituras. Doctrina y Convenios, que contiene las revelaciones entregadas a los profetas modernos, explica:
Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación (Doctrina y Convenios 68:4, ver también 2 Pedro1:20-21).
José Smith y los profetas modernos
El primer profeta de nuestros días fue José Smith. José nació el 23 de Diciembre de 1805. Cuando era joven, habiendo crecido al norte de Nueva York, tuvo problemas por los conflictos y diferencias entre las diferentes denominaciones de su tiempo. Describió sus sentimientos de esta manera:
Durante estos días de tanta agitación, invadieron mi mente una seria reflexión y gran inquietud; pero no obstante la intensidad de mis sentimientos, que a menudo eran punzantes, me conservé apartado de todos estos grupos, aunque concurría a sus respectivas reuniones cada vez que la ocasión me lo permitía. Con el transcurso del tiempo llegué a inclinarme un tanto a la secta metodista, y sentí cierto deseo de unirme a ella, pero eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no.
En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo? (José Smith – Historia 1:8,10)
José describió cómo a menudo miraba las estrellas y reflexionaba sobre Dios. Él sabía que Dios vivía y que Jesucristo era el Salvador, pero escuchó tantas enseñanzas contradictorias, que no entendía cuáles eran ciertas y cuáles no. Finalmente, empezó a estudiar la Biblia. Un día, él leyó en Santiago1:5 que dice:
Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.
Él sabía que podía preguntar a Dios y que no sería reprochado, es decir, reprendido. Acerca de su experiencia, él dijo:
Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas entendían los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia. Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de “pedir a Dios”, habiendo decidido que si él daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar, yo podría intentarlo (José Smith – Historia 1:12-13).
Un tiempo después José Smith fue al bosque cerca de su casa en Palmyra, para orar. Él oró en voz alta y al inicio, sintió algo que trataba de detenerlo, pero reuniendo toda su fuerza, él continuó. Él dijo:
Precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí. No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo! (José Smith – Historia 1:16-17).
Ese momento, José Smith el Profeta vio a Dios y a Jesucristo, Jesús le dijo que sus pecados eran perdonados y que Dios no quería que se uniera a ninguna de las iglesias existentes. Luego José aprendería que él sería llamado para ser profeta como Moisés, Isaías, Juan el Bautista o Pablo. Los mormones llaman a esta experiencia, la Primera Visión.
Tiempo después, cuando nuevamente estuvo orando, se le apareció un ángel y le habló sobre un libro, escrito en planchas y enterrado en una colina cercana. Después de algunos años, el ángel se le apareció nuevamente y le entregó los registros. A partir de este registro, utilizando el poder de la inspiración de Dios, José tradujo el Libro de Mormón, de donde los Mormones reciben su apelativo. Según la doctrina mormona, el Libro de Mormón es un registro antiguo que cuenta la historia de los habitantes de las antigua América.
Desde el tiempo en que se publicó el Libro de Mormón en 1829, hasta el tiempo de su muerte en 1844, José Smith dirigió la Iglesia Mormona como un Profeta de Dios. Durante su corta vida, el Profeta José Smith estableció ciudades, produjo volúmenes de escrituras, y envió misioneros a todo el mundo. Él estuvo involucrado en la construcción de templos, sirvió como alcalde de Nauvoo, Ilionois, e incluso fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos.
Sin duda, él fue un personaje controversial de la historia de América, debido a que él desafió los credos establecidos, él atrajo mucha persecución. El 27 de junio de 1844, mientras estaba en la cárcel en Cartago, José Smith y su hermano Hyrum fueron asesinados por la muchedumbre integrada por hombres que tenían las caras pintadas de color negro. Quien lo sucedió como profeta fue Brigham Young.

