El llamamiento misional del élder Kimball
“El domingo 4 de junio de 1837,” cuenta Heber C. Kimball, “el Profeta José se me acercó, mientras yo estaba sentado frente al estrado, arriba de la mesa sacramental, en el templo en el lado de Melquisedek, en Kirtland; me murmuró y dijo, ‘Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha susurrado: Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi Evangelio, y abra las puertas de salvación para esa nación.’” La idea era abrumadora. Él se había sorprendido con el llamamiento al apostolado, ahora estaba abrumado.
Como Jeremías, estaba anonadado bajo el peso de su propia debilidad, exclamó con humildad: “Oh, Señor, soy un hombre tartamudo, completamente inadecuado para tal trabajo; ¡cómo puedo ir a predicar a esa tierra, la cual es tan famosa a lo largo del cristianismo, por aprender, tener conocimiento y piedad; la cuna de la religión; y las personas cuya inteligencia es proverbial! Sintiendo mi debilidad de ir a hacer tal asignación, le pregunté al Profeta si el hermano Brigham Young podía ir conmigo. Contestó que el hermano Brigham permanecería con él, porque tenía para él algo más para hacer. La idea de una misión era casi más de lo que podía resistir. Estaba casi listo para hundirme bajo la carga que se había puesto sobre mí.
Sin embargo, todas estas consideraciones no me impidieron seguir la senda del deber en el momento en que entendí la voluntad de mi Padre Celestial, sentí la determinación de ir a pesar de todos los peligros, creyendo que Él me sostendría por Su omnipotente poder, y me dotaría de cada aptitud que necesitara; y a pesar que amaba a mi familia, tendría que dejarlos casi desprovistos, sentí que la causa de la verdad, el Evangelio de Cristo, sobrepesaba toda otra consideración.”
